Por Nuria M. García Martínez. Maestra de Educación Primaria y autora de El secreto de las pieles brillantes.

- «¿Seño, por qué tiene manchas en la piel?«
Una pregunta así puede aparecer cualquier día en cualquier aula. También puede ser una cicatriz, una silla de ruedas, la ausencia de una mano, unas gafas muy gruesas, una forma diferente de hablar o cualquier característica que se salga de aquello que un niño conoce como habitual.
Los niños miran. Preguntan. Comparan. A veces señalan. Y no necesariamente lo hacen desde el rechazo. Muchas veces solo están intentando comprender el mundo.
Quienes trabajamos con ellos lo vemos contínuamente. Y por eso me pregunto: ¿en qué momento esa curiosidad puede convertirse en otra cosa?
El reciente estreno de La bola negra, dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi e inspirada en una obra inacabada de Federico García Lorca, me ha hecho volver a pensar en ello. La imagen es sencilla y poderosa: Una bola blanca significa aceptación. Una bola negra, rechazo.
Hoy no necesitamos una urna para lanzar una bola negra. A veces basta una risa, un apodo, una mirada demasiado larga, un «qué raro» o un «yo contigo no juego».
Los niños ven la diferencia
Ver una diferencia no es rechazarla. Preguntar tampoco.
Muchas veces detrás de un «¿qué te ha pasado?» no hay crueldad, sino curiosidad. El problema aparece cuando esa diferencia deja de ser simplemente algo que ha visto y empieza a adquirir otro significado. Cuando aprende que eso es «raro». Cuando descubre que un comentario puede provocar la risa del grupo. Cuando comprende que dejar a alguien fuera también puede servir para sentirse dentro.
Los prejuicios no aparecen de repente a los quince años. Se van construyendo poco a poco con lo que escuchamos, con lo que observamos y también con aquello ante lo que nadie dice nada.
Ahí los adultos tenemos una responsabilidad y también una oportunidad.
¿Y qué hacemos los adultos?
A veces nuestra primera reacción ante una pregunta infantil es cortarla. «No señales», «No mires», «Eso no se pregunta».
Queremos evitar una situación incómoda y proteger a la persona que tenemos delante. Pero me pregunto si, en ocasiones, no estaremos enviando sin querer otro mensaje: «de eso no se habla porque hay algo extraño ahí».
Tal vez podamos responder de otra manera.
Podemos enseñar que preguntar no da derecho a invadir. Que podemos sentir curiosidad y, al mismo tiempo, ser respetuoso. Que una característica visible forma parte de alguien, pero no explica quién es esa persona. Y que cuando la curiosidad se transforma en burla, ahí necesitamos intervenir con claridad.
En el aula ocurren constantemente situaciones pequeñas que parecen insignificantes y, sin embargo, educan. La forma en que un maestro o maestra responde a una broma, el modo en que una familia habla sobre el cuerpo de otras personas o el silencio del grupo ante un comentario hiriente van enseñando qué está permitido y qué no.
La investigación sobre las normas de grupo en la infancia apunta en esa dirección: lo que los niños y niñas perciben como aceptado por sus iguales y por la escuela influye en sus actitudes hacia quienes consideran diferentes. Las normas inclusivas del centro pueden ayudar a contrarrestar las dinámicas de exclusión del grupo.
Dicho de una manera menos académica: los niños y niñas también aprenden a mirar viendo cómo miramos nosotros.
Cuando la diferencia se ve
Hay diferencias que pueden pasar desapercibidas y otras que llegan antes que cualquier presentación.
El vitíligo, una cicatriz, una quemadura, un hemangioma, una marca de nacimiento, la alopecia, una diferencia facial o una discapacidad visible pueden hacer que un niño o niña tenga que responder una y otra vez preguntas que otros nunca reciben.
Esto no significa que ese niño o niña vaya a sufrir necesariamente por ello. Cada persona vive su realidad de una manera distinta Pero algunas diferencias visibles pueden ir acompañadas de miradas, preguntas no deseadas, burlas o situaciones de acoso, y que esas experiencias sociales pueden afectar al bienestar durante la infancia y la adolescencia.
Por eso, quizá deberíamos cambiar ligeramente la pregunta.
En lugar de preguntarnos únicamente cómo ayudamos a un niño o niña a sentirse bien con aquello que lo hace diferente, podríamos preguntarnos también qué estamos haciendo para que no tenga que defenderse continuamente de la mirada de los demás.
Porque una mancha en la piel puede ser una simple mancha. hasta que alguien enseña que hay que esconderla.

La literatura puede abrir conversaciones
Como maestra, siempre me ha interesado mucho lo que ocurre después de cerrar un cuento.
Ese momento en el que un niño levanta la mano y dice: «Pues yo conozco a alguien que…». O cuando otro reconoce algo que pasó. De repente, una historia que parecía hablar de una personaje empieza a hablar de ellos mismos.
Ahí la literatura infantil tiene una fuerza enorme. No porque deba darnos una moraleja al final de cada página, sino porque puede colocarnos durante un rato en otro lugar y dejarnos preguntas.
¿Qué habría hecho yo? ¿Cómo se habrá sentido? ¿Por qué se están riendo? ¿Y si me pasara a mí?
¿Y si alguna vez he sido yo quien ha hecho sentir así a otra persona?
De esa forma de entender la literatura nació también buena parte del sentido que hoy tiene para mí El secreto de las pieles brillantes. Un cuento que surgió de una experiencia muy cercana con el vitíligo, cuando lo comparto con niños ellos enseguida van mucho más allá de las manchas de la piel. Hablan de cicatrices, gafas, discapacidad, cuerpos, acentos, formas de aprender o de cualquier cosa que alguna vez les haya hecho sentirse diferentes.
Y aparece una idea que se repite: quizá el verdadero problema nunca estuvo en la diferencia, sino en lo que los demás decidimos hacer con ella.

Dos historias muy distintas y una misma pregunta
Sería un error presentar La bola negra y El secreto de las pieles brillantes como historias equivalentes.
No lo son.
La película aborda la sexualidad, el deseo, el dolor y la herencia a través de tres hombres y tres épocas, vinculados a realidades históricas de persecución y rechazo. Mi cuento pertenece al mundo de la infancia y nace para hablar de vitíligo, autoestima y diferencias visibles y no visibles.
Pero sí encuentro un punto de encuentro educativo: ese momento en el que una característica de una persona deja de ser simplemente parte de quien es y el grupo la utiliza para decidir si pertenece o queda fuera. Eso me lleva inevitablemente al colegio.
Nuestras aulas son uno de los primeros espacios en los que aprendemos a convivir con personas que no hemos elegido: niños y niñas con cuerpos, familias, culturas, capacidades y maneras de hablar, aprender o sentir diferentes.
La escuela es, en ese sentido, un pequeño ensayo de sociedad.
¿Necesita la educación emocional un espacio propio?
Y quizá todo esto debería llevarnos también a hacernos una pregunta incómoda: si dedicamos tiempos concretos a aprender a calcular, escribir, conocer nuestro entorno o expresarnos artísticamente, ¿estamos dedicando suficiente tiempo a aprender a convivir con nosotros mismos y con los demás?
La educación emocional está presente en nuestro currículo. Aparece cuando hablamos de autoestima, empatía, gestión de emociones, convivencia, resolución de conflictos o respeto a las diferencias. Pero en Educación Primaria no constituye un área independiente.
No sé si la respuesta pasa necesariamente por crear una nueva asignatura llamada Educación Emocional. Pero sí creo que necesitamos garantizarle un espacio real, sistemático y continuado dentro de nuestras aulas: para reconocer lo que sentimos, expresarlo sin hacer daño, escuchar al otro, afrontar un conflicto, pedir ayuda, reparar cuando nos equivocamos y comprender que convivir también se aprende.
Porque estas herramientas no deberían aparecer únicamente cuando surge un problema, cuando un niño queda fuera o cuando una burla ya ha hecho daño.
Tal vez necesitamos trabajarlas antes.

Antes de que aparezca la bola negra
Antes de la burla. Antes del apodo. Antes de que un niño o niña comprenda que reírse de otro puede darle un sitio dentro del grupo. Antes de que otro empiece a pensar que sería más fácil esconder aquello que lo hace diferente.
Ahí es donde merece la pena educar.
No siempre podemos evitar los prejuicios. Pero sí podemos crear espacios en los que tengan más dificultades para crecer.
Podemos hablar con naturalidad de las diferencias. Ofrecer referentes diversos. Revisar cómo hablamos los adultos sobre los cuerpos. Intervenir cuando aparece una burla. Permitir preguntas sin convertirlas en interrogatorios. Enseñar a pedir disculpas y también a reparar. Utilizar un cuento, una película, una noticia o una situación que ha ocurrido en clase para detenernos un momento y pensar.
Y, sobre todo, podemos enseñar algo que parece sencillo y no siempre lo es: que reconocer una diferencia no obliga a convertirla en una etiqueta.
Quizá por eso la imagen de aquella bola negra sigue teniendo tanta fuerza. Porque todos entendemos lo que significa estar dentro y lo que significa quedarse fuera.
La educación no puede eliminar todas las bolas negras que una persona encontrará a lo largo de su vida. Pero sí puede hacer algo enorme: enseñar, desde muy pronto, que no necesitamos lanzarlas.
Y quizá educar la mirada consista precisamente en eso: en descubrir una diferencia sin sentir la necesidad de convertirla en una frontera.
Fuentes de apoyo para la edición
- Movistar Plus+ Comunicación. Información oficial sobre La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Estreno en salas españolas: 2 de octubre de 2026.
- Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV). Guía para pacientes con vitíligo. Documento divulgativo sobre la enfermedad, su repercusión en la calidad de vida y el estigma social asociado.
- Observatorio Estatal de la Convivencia Escolar – Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes (2026). Guía para el diseño de protocolos de acoso escolar y ciberacoso. Referencia para prevención, detección temprana, cultura de paz, inclusión y reparación del daño.
- Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes (2026). Programa internacional Think Equal en centros educativos de Ceuta y Melilla. Iniciativa centrada en educación emocional, empatía, respeto a la diversidad y resolución pacífica de conflictos mediante cuentos y materiales pedagógicos.
- Real Decreto 157/2022, de 1 de marzo. Por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Primaria. El currículo presta especial atención a la educación emocional y en valores e incorpora la autoestima, la empatía y la gestión de emociones.
- Orden de 30 de mayo de 2023. Por la que se desarrolla el currículo correspondiente a la etapa de Educación Primaria en la Comunidad Autónoma de Andalucía, junto con la atención a la diversidad, la evaluación y el tránsito entre etapas.












