Se calcula que en Colombia existen hasta 300.000 especies de hongos, pero solo se han descrito 7.800. Muchos desaparecen antes de ser conocidos, mientras la deforestación borra posibilidades de usarlos en salud, alimentación o restauración ambiental. Con cerca de 20.000 especímenes, la Colección de Macrohongos del Herbario de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) se convierte en un archivo vivo que conserva esta memoria biológica y la pone al servicio de la ciencia y la conservación.

Bajo la hojarasca húmeda y la madera en descomposición, los macrohongos sostienen la vida de los bosques. Son organismos visibles a simple vista —como setas y champiñones— que reciclan nutrientes, alimentan otras especies y transforman la materia muerta en nuevas formas de vida.
Colección de cerca de 20.000 hongos de la UNAL
La Colección de Macrohongos del Herbario de la UNAL conserva cerca de 20.000 especímenes en proceso de curaduría, digitalización y organización en bases de datos. Allí se incluyen tanto macrohongos que viven asociados con algas y forman líquenes —esas manchas verdes o anaranjadas que cubren rocas y troncos— como aquellos que crecen independientes. Más que un depósito, se trata de un archivo vivo y diverso que conserva la memoria biológica del país.
Dicho acervo es dirigido por la bióloga Viviana Motato Vázquez, doctora en Biodiversidad Vegetal y Medioambiente y líder del Grupo de Especialistas de Hongos de Colombia (ColFunSG), adscrito a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
“La colección nos cuenta la historia de los ecosistemas y de cómo han cambiado en el tiempo”, explica la profesora Motato. Su valor radica en la capacidad de servir como referencia científica, pero también en abrir caminos de investigación para enfrentar desafíos ambientales y sociales.

Entre los tesoros del Herbario se encuentran 80 especímenes tipo macrohongos, considerados como la parte más valiosa de la Colección, ya que son los ejemplares de referencia mundial para describir nuevas especies. Uno de ellos es el holotipo de Amanita picea, recolectado en Boyacá en 1987, un hongo que establece asociaciones con el roble colombiano (Quercus humboldtii). Gracias a este material, la biodiversidad local se ha conectado con instituciones internacionales como el New York Botanical Garden y el Kew Botanical Garden en Londres, entre otros.
La Colección también se proyecta al futuro con la conservación de hongos en cultivo, una práctica poco conocida que permite mantenerlos vivos durante años. Esta estrategia convierte el Herbario en un laboratorio dinámico, con aplicaciones en biorremediación, restauración de ecosistemas, domesticación de especies comestibles y seguridad alimentaria. “Tener los hongos vivos nos permite pensar en alternativas concretas para las comunidades”, explica la investigadora.
Minucioso proceso de conservación
Tras la recolección en campo, los hongos se secan a baja temperatura para preservar su ADN o material genético, se congelan para eliminar insectos y se guardan en sobres libres de ácido. Fragmentos adicionales se conservan en sílica gel, formando un banco de ADN que respalda futuras investigaciones. Cada ejemplar recibe un código único y se digitaliza con fotografías, lo que asegura su permanencia como patrimonio científico.
La labor de curaduría consiste no solo en ordenar y clasificar, sino también en garantizar que cada ejemplar esté disponible en bases de datos asequibles para la comunidad científica. Este trabajo refuerza el papel del Herbario como repositorio estratégico en un país cuya riqueza biológica sigue siendo, en gran medida, desconocida.
Uno de los avances más recientes fue la recolección de hongos en Mitú (Vaupés), una de las regiones más apartadas del país. La iniciativa, liderada por el Grupo de Sistemas Integrados de Producción Agrícola y Forestal (SIPAF) y el semillero Hwa de la UNAL, abrió la puerta a evaluar tanto el conocimiento etnomicológico de las comunidades locales como la riqueza de especies presentes en la zona. Se trata de un paso clave para documentar la diversidad en territorios poco explorados.
La profesora Motato advierte que “aún es necesario llegar a muchas otras regiones del país, en donde probablemente habitan organismos que serían fundamentales para la ciencia y la conservación”.

Un patrimonio centenario para la ciencia
El valor histórico de la Colección también es notable: conserva materiales recolectados desde comienzos del siglo XX, cuando el botánico y sacerdote católico Enrique Pérez Arbeláez inició la organización de la colección de fitopatógenos –organismos que afectan a las plantas– en la antigua Secretaría de Agricultura.
Ese acervo se convirtió en el núcleo del Herbario Nacional Colombiano y hoy constituye un testimonio de ecosistemas que ya no existen en las mismas condiciones. Las piezas centenarias, junto con los especímenes tipo, refuerzan su carácter patrimonial como fuente invaluable de memoria biológica y científica para el país y el mundo.
Aunque los hongos son pilares invisibles de los ecosistemas y una fuente potencial de soluciones para la humanidad, siguen relegados en las agendas de conservación. La Colección de Macrohongos del Herbario Nacional Colombiano se levanta como un llamado de atención y una apuesta por cambiar esa mirada, al mostrar que su estudio y preservación son esenciales para el futuro de la ciencia y de la vida en el planeta.












