El alperujo, un subproducto semisólido resultante de la molienda de la aceituna para la producción de aceite de oliva, se acumula en grandes cantidades en las almazaras. Solo en la provincia de Jaén, se generan unas 400.000 toneladas anuales; representa un desafío ambiental y logístico para el sector olivarero. Aunque se han explorado usos como el compost agrícola, su complejidad y rendimiento limitado han impedido una solución definitiva. Pero, ¿qué pasaría si este residuo pudiera transformarse en un recurso valioso? Una innovadora investigación de la Universidad de Jaén (UJA) ha encontrado una prometedora solución: la torrefacción del alperujo compostado.

El alperujo es la asignatura ambiental pendiente del sector olivarero. A pesar de los esfuerzos por encontrarle usos, como el compost agrícola y componente para la mejora de suelos, estos no han sido del todo efectivos. El proceso de compostaje del alperujo es complejo, largo y su calidad final depende en gran medida de las condiciones meteorológicas, lo que limita su viabilidad y rendimiento. Ante este panorama, la pregunta clave es: ¿qué se puede hacer realmente con este material?
Torrefacción: la clave para la valorización del alperujo
Un equipo de investigación de la Facultad de Ciencias Experimentales de la Universidad de Jaén (UJA) ha dado con un tratamiento prometedor que potencia las propiedades del compost de alperujo y lo transforma en una enmienda de calidad superior para los suelos. Con este método, logran estabilizar el material y multiplicar su capacidad para transferir nutrientes al suelo.
El tratamiento clave es la torrefacción, un proceso termoquímico que se asemeja al tostado de los granos de café. Consiste en someter el material a altas temperaturas en ausencia o con muy poco oxígeno. Esta etapa de ‘horneado’ finaliza la transformación del alperujo compostado: reordena su estructura química y potencia sus propiedades.
Lejos de lo que pueda parecer, la fórmula aplicada es relativamente sencilla. Se trata de someter el compost a un horneado a 275 grados durante una hora, para transformar un residuo problemático en un producto valioso para los suelos agrícolas.
Torrefacción frente a biochar: una diferencia crucial
Esta idea recuerda a la producción de biochar (carbón vegetal agrícola), pero con una diferencia importante. La torrefacción se realiza a menor temperatura y sobre un material ya parcialmente transformado por el compostaje. Esto reduce significativamente el consumo energético, lo que hace al proceso más eficiente y sostenible.
Cómo la torrefacción mejora el compost
Esta metodología es resultado de la tesis doctoral de Marta P. Rueda, enmarcada en un proyecto financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, y se describe en un artículo de la revista Bioresource Technology. Por el momento, solo se ha probado en laboratorio, con resultados más que interesantes. En una siguiente fase se acometerán pruebas en campo y, si el comportamiento se repite, se podría estar ante un tratamiento complementario para el compost de alperujo que puede impulsar el uso de este material.
El proceso de compostaje inicia una serie de transformaciones, pero la degradación termoquímica de la torrefacción los acelera y los completa. Durante el compostaje, se produce una progresiva humificación: disminuyen las fracciones más lábiles (como carbohidratos, lípidos y cadenas alifáticas) y aumentan las estructuras aromáticas y los grupos carboxilato. Con la torrefacción, se logra intensificar todavía más todos estos cambios. Esto se traduce en deshidratación, degradación de compuestos fácilmente biodegradables y formación de materiales más condensados y resistentes.
«Se reduce la humedad, se rompen polisacáridos de cadena larga, lo que mejora la accesibilidad de la materia orgánica. A 275 grados se promueve la condensación de moléculas orgánicas simples en sustancias húmicas, similares a las del humus del suelo. Además, estabiliza la materia orgánica y promueve la disponibilidad de nutrientes como el potasio a corto plazo», afirma Marta P. Rueda.
Estabilidad y nutrición: beneficios clave del compost torrefactado
La torrefacción hace que el compost de alperujo gane una estabilidad crucial. Un compost inmaduro, con mucha materia orgánica de fácil descomposición, puede ser perjudicial para las plantas al competir por los nutrientes. «Es muy importante que cuando se añaden enmiendas orgánicas al suelo como el compost, sean un material estable. Aportamos materia orgánica al suelo que va a liberar nutrientes a largo plazo y lentamente. Y no va a generar un incremento microbiológico excesivo que compita con las plantas por los nutrientes», añade María José Ayora, directora de la tesis.
Impacto agronómico y ambiental: un fertilizante orgánico de alto valor
Desde el punto de vista agronómico, también se logran avances significativos. El tratamiento térmico provoca una reducción del carbono soluble y de la relación carbono/nitrógeno de este material, que se empleará como enmienda para el suelo. Esta transformación no solo es indicativa de una madurez química mayor, sino también de una mejora sustancial en la capacidad de intercambio de calcio, magnesio y potasio, elementos esenciales para el crecimiento vegetal.
Al mismo tiempo, el proceso contribuye a fijar carbono tanto en formas orgánicas como minerales. En un contexto de preocupación por el cambio climático, esta capacidad de almacenamiento puede convertir a las enmiendas orgánicas de alta calidad, como el compost de alperujo torrefactado, en aliadas fundamentales de la agricultura regenerativa y la sostenibilidad.
Corrección de la acidez del suelo: un potencial encalante
Una de las mejoras más espectaculares alcanzadas con este tratamiento está relacionada con el pH. Tras la torrefacción, los índices de este factor se sitúan en torno al 11, un nivel muy elevado. Esta característica es resultado de la formación de carbonatos y carboxilatos, que le aportan un potencial encalante, es decir, de corrección de la acidez del suelo. «Este compost tiene un potencial uso en suelos ácidos y degradados por el uso intensivo de la agricultura, donde puede ser un aporte interesante», aclara María José Ayora.
El proceso térmico a 275 grados se ha llevado a cabo en laboratorio, en un horno y en condiciones de poco oxígeno. De esa manera, se inducen procesos de carbonización y de formación de estructuras aromáticas semejantes a las estructuras húmicas, sin que la materia orgánica se queme o se pierda.

Hacia una economía circular en el sector olivarero
Más allá de los resultados químicos, la investigación de la UJA abre una ventaja operativa importante: la posibilidad de reducir el tiempo necesario para obtener un compost de calidad. En instalaciones reales, alcanzar una maduración completa puede llevar meses o incluso más de un año. Si la torrefacción permite estabilizar materiales parcialmente compostados, las plantas de tratamiento podrían ganar eficiencia y aprovechar lotes que de otro modo se considerarían subóptimos, impulsando la valorización del alperujo.
Este prometedor enfoque no se limita al alperujo. Sus principios podrían aplicarse con éxito a la valorización de otros residuos agroindustriales complejos, como bagazos de diferentes cultivos, restos de poda forestal o agrícola, y lodos orgánicos ricos en compuestos fenólicos. Esto abre un abanico de posibilidades para la gestión sostenible de biomasa residual en diversos sectores.
Las autoras del trabajo subrayan que se está en una fase temprana de la investigación y son necesarios ensayos a largo plazo en condiciones reales de cultivo, así como evaluar el coste económico del tratamiento.
La dirección es inequívoca: transformar los residuos agrícolas de un problema ambiental en una oportunidad de oro. Esta investigación no solo ofrece una solución innovadora para el alperujo, sino que sienta las bases para una agricultura más sostenible y eficiente, donde cada subproducto encuentra su verdadero valor y contribuye a una economía circular.














