Los ‘rugidos’ de la Antártida

Los ‘rugidos’ de la Antártida

Investigadores de la Universidad de Granada lideran un proyecto internacional para estudiar dos volcanes submarinos en la Antártida con una gran actividad sísmica.

En 2015 se produjo una situación anómala en la Antártida, más concretamente al Sur de la Isla Livingston. El suelo del continente helado temblaba mucho más que de costumbre. Una violenta serie sísmica hizo que saltaran las alarmas, tanto que se tuvo que activar la alerta amarilla, que indica “alerta de anomalías geofísicas”. Por suerte, todo quedó en un susto y no hubo que pensar en la evacuación.

Actividad sísmica inusual en la Antártida

Los científicos encargados de vigilar la actividad sísmica y volcánica del entorno se encontraron con una serie sísmica que duró cerca de nueve meses y en la que se registraron hasta 9.000 terremotos, con una magnitud máxima de 4,6. Estaban ante un fenómeno que nunca antes se había registrado en la zona, una serie que no se correspondía con las provocadas por el rozamiento de las placas tectónicas.

No hubo un terremoto principal al que siguieran cientos o miles de réplicas que van aminorando con el tiempo, como ocurre, por ejemplo, en el Mar de Alborán. Aquello era otra cosa. Tenía un origen diferente. Fue cuando cayeron en la cuenta de que el origen de esa sucesión de terremotos podría estar asociado a la actividad de un volcán. Pero cuál. ¿El de la Isla Decepción?

En un principio, podría haber sido así, puesto que se trata de uno de los volcanes activos más importantes de la Antártica, y el que dio origen a la isla donde se ubica la base de uso militar y científico española Gabriel de Castilla. De hecho, se trata de un volcán con actividad muy reciente, que entre los años 67 y 70 tuvo una serie de erupciones que destruyeron dos bases (chilena y británica) que operaban en ese momento en la isla.

Registros sísmicos en el Estrecho de Bransfield.

Volcanes en el Estrecho de Bransfield

Sin embargo no era éste. Así que las sospechas se dirigían al Estrecho de Bransfield, la franja de agua que separa la Península Antártica de las islas Shetland del Sur.

Esta zona es especialmente activa desde el punto de vista geofísico. Justo en el fondo marino convergen dos placas tectónicas y se localizan otros tantos volcanes, que llegan a alcanzar hasta los mil metros de altura sobe el fondo marino, pero eran muy desconocidos.

Dos de estos volcanes, ubicados junto a la islas Decepción y Rey Jorge, centraron la atención de un equipo internacional, liderado por investigadores del Instituto Interuniversitario Andaluz de Geofísica y Prevención de Desastres Sísmicos de la Universidad de Granada y en el que también participan equipos de la Universidad de Jaén, del Instituto Geográfico Nacional, del Instituto Geológico y Minero, así como centros de Alemania y Estados Unidos.

Seguimiento de la actividad volcánica y sísmica

Todos ellos se encargan de monitorizar la actividad sísmica localizada bajo las aguas de este estrecho, con el objetivo de conocer más detalles sobre estos dos volcanes submarinos y poder interpretar correctamente los mensajes que dan mediante movimientos sísmicos.

Lo están haciendo en el marco del proyecto BRAVOSEIS (Bransfield Volcano Seismology), que va a permitir comprender mucho mejor la sismología volcánica de este entorno singular, que permita acercarse a una imagen más correcta de la geodinámica de los interiores volcánicos.

Se trata de interpretar las señales que ofrecen estas moles submarinas, para conocer los procesos físicos que se producen en el interior de los volcanes. Y así, evaluar con mayor certeza el riesgo potencial que suponen estas estructuras submarinas para los científicos y turistas que visitan la Antártida.

Equipo del proyecto BRAVOSEIS desplazado a la Antártida.

Seguriad para las bases científicas

El continente helado está despoblado. Aunque hay bases en diferentes lugares, es en la zona más al Norte y cercana a las costas de Chile y Argentina donde se concentran más asentamientos.

Principalmente se trata de militares de los muchos países que tienen base allí y que realizan labores de apoyo logístico a investigadores, que cada verano austral llegan a la Antártida para realizar experimentos de todo tipo en un territorio virgen.

Pero no son los únicos. En los últimos años es muy frecuente que grupos de turistas se acerquen en barco o en avión hasta la Antártida para disfrutar de uno de los rincones del Planeta más bellos e inhóspitos. 

Sesores para monitorizar la actividad volcánica

Hasta la fecha, el proyecto BRAVOSEIS ha culminado dos de las tres campañas científicas previstas en la Antártida, en las que los investigadores se han dedicado a colocar sensores para monitorizar la actividad sísmica asociada a estos volcanes submarinos.

La primera se realizó el año pasado y durante ella los investigadores colocaron quince estaciones de medición en tierra, concretamente en las islas Shetlan del Sur y la Península Antártica, que son las zonas al Norte y al Sur del estrecho de Bransfield.

En la campaña realizada este año, durante el mes de enero, se han encargado de colocar 24 sismómetros de fondo oceánico, para estudiar más de cerca la actividad de los dos volcanes submarinos. Además, esta red para la investigación de la estructura y actividad de los volcanes, se ha completado con seis hidrófonos, para analizar el ruido producido en el fondo del mar, procedente de terremotos tectónicos y volcánicos, erupciones submarinas, deslizamientos de ladera, icebergs o mamíferos marinos.

Así, los investigadores cuentan con un total de 45 estaciones, el mayor despliegue de instrumental hecho hasta ahora en la zona. Y será el año que viene cuando los científicos puedan recoger los datos y analizar la actividad de estos volcanes submarinos.

“Estamos con los dedos cruzados para que todo salga bien y el año que viene poder recopilar datos que nos permitan analizar lo que ocurre: si ha habido terremotos, si éstos han cambiado de posición, qué zonas son activas, dónde se acumula magma…”, dice Javier Almendros, investigador de la Universidad de Granada y coordinador de este proyecto.

Imagen del interior de los volcanes

Además, en una segunda parte de la campaña, realizada entre enero y febrero, analizaron la zona con técnicas geofísicas activas y pasivas, concretamente, con un cañón de aire comprimido. Con él han generado burbujas en el agua y éstas, a su vez, ondas acústicas que llegan al fondo marino, penetran y producen reflexiones en las discontinuidades del medio. Y ha obtenido una imagen aproximada de la estructura interior de los volcanes.

Al mismo tiempo han realizado estudios de batimetría en la zona, una información de la que ya disponen y que acaban de analizar. Esta información les ha permitido observar que los volcanes se elevan hasta los mil metros sobre el lecho marino y que se trata de dos calderas, en cuyo interior pueden observarse distintas estructuras. 

Buque oceanográfico Sarmiento de Gamboa.

Coladas de lava y conos volcánicos

“En la batimetría vemos coladas de lava y conos volcánicos, pero no sabemos si son antiguos o de nueva generación. Esa información nos la dará el registro de la actividad sísmica”, explica Javier Almendros, que además adelanta que compararán esta información con la recogida desde los años 80, para ver si en este tiempo se han producido cambios. Unos registros que mirarán con un interés especial serán los de 2015, el año en el que se produjo la serie sísmica anómala, para comprobar si hubo cambios en la estructura de los volcanes.

“Todo lo que ocurre dentro de un volcán produce vibraciones: el flujo de magma, la liberación de gases, fracturas, apertura de diques… porque el magma tiene que abrirse camino. Y estas vibraciones se traducen en terremotos”, dice el investigador principal de BRAVOSEIS.

De ahí el interés por monitorizar todo lo que ocurre en la zona, para localizar los terremotos y ver la evolución que tienen. “Por ejemplo, si hay cambios en la profundidad a la que se producen, que es un parámetro muy importante.  Los cambios en la profundidad de los terremotos se suelen interpretar como consecuencia de intrusiones de magma”, aclara.

El próximo año, cuando vuelvan a la Antártida recogerán los equipos y extraerán la información que han registrado, y que durante los próximos años dará lugar a múltiples análisis y trabajos científicos, que nos ayudarán a entender la estructura y el nivel de actividad volcánica actual de las zonas volcánicas estudiadas.

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